
Uno. En la secundaria Peggy Paula trabajó como mesera en el Perkins. El turno noche era su favorito, los chicos de su colegio llegaban después de sus partidos o bailes con los ojos rojos y el cabello despeinado y Peggy Paula sabía que habían estado tomando y fumando esos porros mal armados que veía que se pasaban, las chicas con el maquillaje corrido y con nidos de pájaros en la nuca, una mirada orgullosa e imperturbable que recorría el lugar como quien dice Te reto, te reto a adivinar qué es lo que acabo de dejar que me hagan Jared, Steve o Casey, se lo permití y me gustó y me da igual y Peggy Paula se sintió honrada de estar cerca de ellas, envidiosa, mientras tomaba sus pedidos de papas fritas con todas sus cremas y guardaba sus secretos y los envases pegajosos de lip gloss que a veces dejaban, sandía y cereza y fresa y una vez uno picante de canela que hizo que le ardieran los labios durante una hora, qué clase de chica quería que le ardieran los labios, labios que envenenan, a Peggy Paula se le aceleraba el corazón al pensar en una chica así, en el chico que iba detrás de este tipo de chica en los asientos traseros del carro sedan de su papá, la chica haciendo que sus labios y su cuello ardan, bajando cada vez más, quemándolo con su boca, Peggy Paula entró un cubículo del baño y quiso tocarse pero no sabía por dónde empezar, quería empezar por todas partes, de pie con los puños apretados y la respiración agitada y luego sintió la necesidad de salir del cubículo e irse y así volver al área del comedor sintiendo cada centímetro de su piel, sus labios rojos como cerezas e hinchados cuando vio su reflejo en la tostadora y tres semanas después le pidió al pelirrojo que lavaba los platos que la jalara a su casa y lo guio hasta el lugar donde sabía que iban esas chicas, sus labios en llamas, acercándosele cuando él se detuvo, la palanca de cambios chocando con su cadera, puso su boca en su cuello pecoso, que olía a puré de papas, Ayudín y sudor, primero puso su mano en su muslo y luego, ansiosa, sus dedos avanzaron como si fueran las patas torpes de un cangrejo hasta el cierre de su pantalón, donde él ya empezaba a ponerse duro a pesar de que decía, Oye oye, qué, y Peggy Paula respondió, Ya, por favor, y el pelirrojo se quedó callado después de eso, dejando a Peggy Paula, dejando que continuara, la siguió al asiento de atrás y la abrazó fuerte cuando pasó, mientras decía, Perdón, y Peggy Paula respondió, Shh, haciéndole arder el hombro con los labios y la espalda con las uñas y sintiéndose llena y asustada, como si su corazón pudiera romper las ventanas.
Dos. Peggy Paula tiene una cicatriz en forma de riñón en la parte baja de la espalda por haberse caído de espaldas desde una ventana abierta en una discoteca. Ella estaba ahí para conocer hombres, pero todos los hombres en esta discoteca parecían estar más interesados entre sí, aunque no podía asegurarlo, encontró un lugar cerca de una ventana para poder ver a los hombres entrar y salir, mientras movía sus pies de lado a lado, la discoteca era solo un almacén con ventanas como paredes y haces de luces de colores que se desplazaban por todo el lugar, un haz de luz morada le dio directo a los ojos y Peggy Paula se cubrió la vista con su cartera de mano y retrocedió hasta salir por la ventana, la música era tan alta y las luces tan frenéticas que nadie lo notó. Cayó en el contenedor de basura, mirando hacia el cielo oscuro sin estrellas, su cabeza apoyada perfectamente en la parte destinada al trasero en un viejo asiento de bebé una vez que se dio cuenta de que no saldría por sí sola en un largo tiempo. El DJ repitió Jive Talkin’ dos veces antes de que por fin la encontraran, Peggy Paula, quien no podía evitar cantarla a pesar de tener los dedos de los pies entumecidos y a pesar del olor a manzanas podridas, cartón mojado y pichi, Cómo es que hay pichi en el contenedor de basura, es tan inapropiado, pensó Peggy Paula , y juro que segundos después, diría ella, segundos después un chico con una especie de bata de lentejuelas se paró en algunas cajas de leche para poder mear en el contenedor, su cabeza rubia miraba hacia arriba y Peggy Paula seguía cantando para ella misma, así que en vez de gritar Oye o Para ella gritó Tragedy, y el chico se sorprendió tanto que su pichi salió y meo la caja vacía de televisión que estaba justo a la izquierda de Peggy Paula y él no podía parar de pedir disculpas Ay Dios mío, lo siento. Dios mío, señorita, lo siento mucho, mi estúpida pinga, no puedo parar, no puedo parar, y Peggy Paula simplemente esperaba a que terminara con los ojos cerrados, pensando en que olía a mantequilla derretida o a canchita con mantequilla, algo hogareño como eso, pensando que era algo bueno, un poco íntimo, y de repente se sintió agradecida por toda la noche—la tortura que fue maquillarse los ojos con sombras de color azul, luego verde, luego de nuevo azul; el darse cuenta de que su nuevo paso de baile hacía que la grasa de sus brazos temblara como gelatina recién cuajada; el contacto visual que hizo con un hombre bigotón que entrecerró los ojos, enfocándola y luego se dio la vuelta; la soledad agobiante y punzante que la empujó a salir en plena noche y llegar hasta esta discoteca—todo valió la pena porque se redujo a este encantador momento privado con un chico rubio y educado, que la llevó al hospital para que le pusieran catorce puntos y una tobillera y en el camino a casa le dijo a Peggy Paula que tenía una cara bonita, le ofreció una pequeña pastilla blanca que hizo que Peggy Paula deseara estar desnuda y el chico rubio entró y se tumbó en el sillón con ella viendo la televisión a altas horas de la noche, se acercó y le acarició la mandíbula, la nuca, le acarició los brazos, los muslos, incluso le separó suavemente las rodillas y movió el dorso de su mano con suavidad, con amor, entre sus piernas, Peggy Paula pensando soy su mascota, gracias a Dios que soy su mascota, ¿por qué sigo vestida? y se quedó dormida durante una repetición de ese antiguo programa de comedia de Andy Griffith, despertándose para descubrir que el chico rubio se había ido y que su cartera y sus pastillas de menta habían desaparecido y una nota que decía Gracias Lo siento Gracias Eres especial. Peggy Paula adora esa cicatriz en forma de riñón.
Tres. Peggy Paula estaba devolviendo una cinta de video cuando conoció a un hombre al que amaría. Él recibió la cinta como si fuera algo delicado y precioso, tocando su muñeca con el pulgar y sonriéndole. El hombre tenía un hoyuelo en la barbilla y un anillo de matrimonio, ese pulgar sobre su muñeca como si ella le perteneciera y él lo dejaba en claro y, dos noches después, Peggy Paula lo invitó a cenar estofado y helado y se dejó caer sobre él tan lentamente que él dejó salir un gruñido de frustración, Peggy Paula aún aturdida ante ese hombre frente a ella, preguntándose cómo había ocurrido exactamente y luego cuando él le agarró de las caderas para moverla como quería no se preguntó absolutamente nada. Fue así durante meses, el hombre venía a cenar y Peggy Paula pasaba todo el día bañándose y perfumándose y queriendo convertir las paredes en polvo mientras lo esperaba, le decía una y otra vez cuánto lo amaba, la boca de ella en su cuello y su voz débil, como si se hubiera diluido, él soltaba gruñidos de aprobación y Peggy Paula respirando respirando respirando respirándolo a él, el olor agrio del limpiador de videos y su loción para después de afeitarse y debajo de todo eso el olor de agua de rosas del perfume de su esposa, el mismo que usaba Peggy Paula y un día el hombre no vino y no vino al día siguiente y al siguiente día su esposa vino y Peggy Paula permaneció tranquila, la invitó a pasar y la mujer también se veía tranquila yendo a la cocina y Peggy Paula se preguntaba si es que ella se sentía lo suficientemente cómoda para servirse algo de tomar y la mujer salió con el cuchillo de pan de Peggy Paula en la mano haciendo un ruido espantoso con la boca, luego Peggy Paula vio que estaba sollozando con la boca bien abierta y su corazón se destrozó por la mujer incluso mientras se le abalanzaba, Peggy Paula quiso enseñarle que ese cuchillo de pan no tenía filo, solo era útil para untar mantequilla, no para apuñalar, pero en vez de eso se apartó y observó cómo la mujer tropezó con la alfombra y se tambaleó hacia el sillón, el sollozo empeoró y el hombre entró corriendo y sacó de un golpe el cuchillo de la mano de su esposa, la cargó y la sacó de ahí, desviando su mirada hacía Peggy Paula como si ella hubiera sido la que tenía el cuchillo en la mano, la mujer no paraba de lanzar esos sollozos de animal y Peggy Paula estaba tan impactada que ni siquiera podía llorar y tal vez era por eso que dejó al hombre entrar dos noches después, tenía que ver sus ojos, tenía que sentir otra vez y siguió dejándolo entrar, su olor en los vellos de su pecho la delicada piel debajo de su pelvis los músculos en sus muslos sus manos callosas la forma de sus dedos del pie el dorado en sus ojos el molar faltante el lunar en su espalda el corazón en su pecho el aliento que entraba y salía estaba vivo era otro era un hombre y Peggy Paula lo dejó seguir, lo dejó, porque si nadie está ahí para tocarte ¿realmente estás ahí?
Nota editorial
Moisés Rojas, Nathaly Ipanaque, Nayeli Rodríguez, Roger Rivas y Yadira Jiménez realizaron esta traducción con fines educativos en el marco del curso Taller de traducción literaria (grupo 2 – 2025-II) de la Facultad de Humanidades y Lenguas Modernas de la Universidad Ricardo Palma.
La autora del texto original es Lindsay Hunter (EE. UU.) y los derechos corresponden a su titular (la autora y/o sus representantes legales). La publicación de esta traducción tienes fines académicos y no sustituye la obra original.